martes, 9 de febrero de 2021

La música más profunda


 


Durante mi estadía en Jerusalén hace muchos años, conocí a un hombre sabio y humilde que era una especie de místico. En una de nuestras conversaciones, él me dijo: hay tres tipos de música: el primer tipo tiene melodía y palabras. Es la canción común, fácil de entender, fácil de recordad. El segundo tipo tiene melodía, pero no tiene palabras. Es más profunda, Tiene un ritmo definido, pero no se puede expresar con palabras, ya que es demasiado profunda para las palabras. El tercer tipo no tiene ni melodía ni palabras. Es la música más profunda, la música del alma. Es tan profunda y tan silenciosa, que llega a la esencia misma de nuestro ser. Cuando nosotros hemos experimentado este tercer tipo de música, nos hemos acercado a Dios.
Si nosotros solo miramos la tinta, podemos concentrarnos en una canción –con palabras y melodía.
Si miramos la tinta y los espacios en blanco, podemos concebir un tipo diferente de canción –una canción en la cual la melodía es primordial y las palabras son menos importantes. Si solo miramos los espacios en blanco, podemos concentrarnos en el tipo más profundo de canción –una canción en la que el contenido y la emoción son demasiado poderosos y profundos para ser expresados en palabras o en melodía.

La sexalescencia


 

LA SEXALESCENCIA.
Está circulando por las redes sociales un artículo del Dr. Manuel Posso Zumárraga, en el cual surge un nuevo término, la sexalescencia, para identificar a un grupo de adultos de 60 o más años. Describe hombres y mujeres que manejan las nuevas tecnologías, modernos, progresistas, con ganas de disfrutar de la vida, aprender, colaborar con la sociedad, viajar, conocer gente nueva, y ser dueños de su destino, renunciando a la ubicación como personas de la tercera edad.
Es una generación que ha echado fuera del idioma la palabra “sexagenario”, porque sencillamente no tiene entre sus planes actuales la posibilidad de envejecer. Se trata de una verdadera novedad demográfica parecida a la aparición, en su momento, de la “adolescencia”, que también fue una franja social nueva que surgió a mediados del Siglo XX. Este nuevo grupo humano que hoy ronda los sesenta o setenta, ha llevado una vida razonablemente satisfactoria. Son hombres y mujeres independientes que trabajan desde hace mucho tiempo y han logrado cambiar el significado tétrico que tanta literatura le dio durante décadas al concepto del trabajo. Lejos de las tristes oficinas, muchos de ellos buscaron y encontraron hace mucho la actividad que más le gustaba y se ganan la vida con eso.
Debe ser por esto que se sienten plenos; algunos ni sueñan con jubilarse. Los que ya se han jubilado disfrutan con plenitud de cada uno de sus días sin temores al ocio o a la soledad. Disfrutan el ocio, porque después de años de trabajo, crianza de hijos, carencias, desvelos y sucesos fortuitos bien vale mirar el mar con la mente vacía.
La mujer sexalescente pudo sobrevivir al deseo de poder que le dio el feminismo de los 60 y pudo detenerse a reflexionar qué quería en realidad. Algunas se fueron a vivir solas, otras estudiaron carreras que siempre habían sido masculinas, algunas estudiaron una carrera universitaria junto con la de sus hijos, otras eligieron tener hijos a temprana edad, fueron periodistas, atletas o crearon su propio “yo”. Este tipo de mujeres nacidas en los 50s. No son ni por equivocación las clásicas “suegras” que quieren que los hijos les estén llamando todos los días, porque ellas tienen su propia vida y ya no viven a través de la vida de los hijos. Su camino no ha sido fácil.
Pero algunas cosas ya pueden darse por sabidas, por ejemplo que no son personas detenidas en el tiempo; la gente de “sesenta o setenta”, hombres y mujeres, manejan la compu como si lo hubiera hecho toda la vida. Se escriben, y se ven, con los hijos que están lejos y hasta se olvidan del viejo teléfono para contactar a sus amigos. Por lo general están satisfechos de su estado civil y si no lo están, no se preocupan por cambiarlo. Raramente se deshacen en un llanto sentimental. A diferencia de los jóvenes; los sexalescentes conocen y ponderan todos los riesgos. Nadie se pone a llorar cuando pierde: sólo reflexiona, toma nota, cultivan su propio estilo… Ellos no envidian la apariencia de jóvenes astros del deporte, ni ellas sueñan con tener la figura de una vedette. En lugar de eso saben de la importancia de una mirada cómplice, de una frase inteligente o de una sonrisa iluminada por la experiencia. Hoy la gente de 60 o 70, como es su costumbre, está estrenando una edad que todavía NO TIENE NOMBRE, antes los de esa edad eran viejos, hoy están plenos física e intelectualmente, recuerdan la juventud, pero sin nostalgias y ellos lo saben. La gente de 60 y 70 de hoy celebra el Sol cada mañana y sonríe para sí misma muy a menudo…hacen planes con su propia vida, no con la de los demás.
Saludos,
Sexalescentemente

 


Un ejemplo perfecto de cómo las circunstancias inciden en el desarrollo del talento es la siguiente historia:
En el siglo XV, en una pequeña aldea cercana a Nürenberg, vivía una familia con varios hijos. Para poner pan en la mesa para todos, el padre trabajaba casi 18 horas diarias en las minas de carbón, y en cualquier otra cosa que se presentara. Dos de sus hijos tenían un sueño: querían dedicarse a la pintura. Pero sabían que su padre jamás podría enviar a ninguno de ellos a estudiar a la Academia. Después de muchas noches de conversaciones calladas, los dos hermanos llegaron a un acuerdo. Lanzarían al aire una moneda, y el perdedor trabajaría en las minas para pagar los estudios al que ganara... Al terminar los estudios, el ganador pagaría entonces los estudios al que quedara en casa con la venta de sus obras. Así, los dos hermanos podrían ser artistas.
Lanzaron al aire la moneda un domingo al salir de la iglesia. Uno de ellos llamado Albrecht Durero, ganó y se fue a estudiar a Nüremberg. Entonces, el otro hermano, comenzó el peligroso trabajo en las minas, donde permaneció durante los siguientes cuatro años para sufragar los estudios de su hermano, que desde el primer momento fue toda una sensación en la Academia. Los grabados de Albretch, sus tallados y sus óleos llegaron a ser mucho mejores que los de muchos de sus profesores, y para el momento de su graduación, ya había comenzado a ganar considerables sumas con las ventas de su arte.
Cuando el joven artista regresó a su aldea, la familia Durero se reunió para una cena festiva en su honor. Al finalizar la memorable velada, Albretch se puso de pie en su lugar de honor en la mesa, y propuso un brindis por su hermano querido, que tanto se había sacrificado trabajando en las minas para hacer sus estudios una realidad. Y dijo:
- “Ahora, hermano mío, es tu turno. Ahora puedes ir a Nüremberg a perseguir tus sueños, que yo me haré cargo de todos tus gastos."
Todos los ojos se volvieron llenos de expectativa hacia el rincón de la mesa que ocupaba su hermano. Pero éste, con el rostro empapado en lágrimas, se puso en pie y dijo suavemente:
- “No, hermano, no puedo ir a Nüremberg. Es muy tarde para mí. Estos cuatro años de trabajo en las minas han destruido mis manos. Cada hueso de mis dedos de ha roto al menos una vez, y la artritis en mi mano derecha ha avanzado tanto que hasta me costó trabajo levantar la copa durante tu brindis. No podría trabajar con delicadas líneas el compás o el pergamino, y no podría manejar la pluma ni el pincel. No, hermano, para mí ya es tarde. Pero soy feliz de que mis manos deformes hayan servido para que las tuyas ahora hayan cumplido su sueño.”
Más de 450 años han pasado desde ese día. Hoy los grabados, óleos, acuarelas, tallas y demás obras de Albretch Durero pueden ser vistos en museos alrededor de todo el mundo. Pero seguramente usted, como la mayoría de las personas, sólo recuerde uno. Seguramente hasta tenga uno en su oficina o en su casa. Es el que un día, para rendir homenaje al sacrificio de su hermano, Albretch Durero dibujó las manos maltratadas de su hermano, con las palmas unidas y los dedos apuntando al cielo. Llamó a esta poderosa obra simplemente “manos” pero el mundo entero abrió de inmediato su corazón a su obra de arte y se le cambió el nombre por el de “manos que oran”.




El valor terapéutico de los abrazos

 




La duración media de un abrazo entre dos personas es de 3 segundos. Pero los investigadores han descubierto algo fantástico. Cuando un abrazo dura 20 segundos, se produce un efecto terapéutico sobre el cuerpo y la mente. La razón es que un abrazo sincero produce una hormona llamada “oxitocina”, también conocida como la hormona del amor. Esta sustancia tiene muchos beneficios en nuestra salud física y mental, nos ayuda, entre otras cosas, para relajarse, para sentirse seguro y calmar nuestros temores y la ansiedad. Este maravilloso tranquilizante se ofrece de forma gratuita cada vez que tenemos a una persona en nuestros brazos, que acunamos a un niño, que acariciamos un perro o un gato, que estamos bailando con nuestra pareja, cuanto más nos acercamos a alguien o simplemente sostenemos los hombros de un amigo.
Abraza, abraza con el corazón.

El nombre del eterno en el ADN

 





EL NOMBRE DEL ETERNO EN EL ADN
Rav Berl Schtudiner
El Instituto de Ciencias Weizmann en Israel, en octubre de 1986, El Rabino y Dr. Yeshayahu Rubinstein, realiza una de las investigaciones más sorprendentes sobre el ADN. Su descubrimiento sería el mensaje divino, todos y todo estamos impresos con la esencia del Creador. Frente al microscopio, examina cuidadosamente 1.800 tejidos humanos y de diferentes animales. Este ADN contiene las instrucciones genéticas, usadas en el desarrollo y funcionamiento de todos los organismos vivos.
La función principal de la molécula de ADN; es el almacenamiento a largo plazo de información, para construir otros componentes de las células. Sumergido en su estudio, observa que el ADN tiene dos hélices helicoidales, que se cruzan como partes de los cromosomas en el núcleo de todas las células. Estas hélices nunca se separan, los puentes de sulfuro las unen, impidiendo que se abran, de otra forma la célula explotaría.
Revisando los 4 ácidos nucleicos, Adenina, Timina, Citosina y Guanina, nota que entre estos se forman los puentes de sulfuro, que dan la vida a la célula en el ADN, dándole una apariencia de escalera. La progresión la calcula cada 10 ácidos, cada 5 ácidos, cada 6 ácidos y cada 5 ácidos, y concluye que, al tomar esta sucesión numérica infinita en hebreo, equivale a las letras que forman el nombre Sagrado del Creador, y su correspondiente valor de 26 en el ADN.
10=(י)
5 = (ה)
6 = (ו)
5 = (ה)
«10 + 5 + 6 + 5 = 26» también, representa la suma de los valores de las sefirot. Pilar Central del Arbol de la Vida:
(Keter) 1 +
(Tiferet) 6+
(Yesod) 9+
(Maljut) 10 = 26
Igualmente, las palabras “esencia”, “sustancia”, “existencia” y “ser”, en hebreo comparten el mismo valor numérico. Además, es precisamente en el versículo «26» del capítulo 1 de Bereshit (Génesis 1:26) donde se cita la creación del hombre:
“Y HaShem dijo: Hagamos al hombre a nuestra Imagen, nuestra Semejanza, para que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo, y sobre todo animal que se mueve sobre la tierra”.

Las klipot


 

Las Klipot son cáscaras creadas por las acciones negativas de un individuo, creando una barrera metafísica entre uno mismo y la Luz.
DEFINICIÓN
Klipot (plural de klipá), se traduce del hebreo como “cáscara” o “caparazón”, y son las barreras metafísicas entre nosotros y la Luz del Creador que nosotros mismos hemos creado mediante nuestras propias acciones egoístas. Estas evitan que recibamos todas las bendiciones que están destinadas para nosotros, o evitan que nos sintamos alegres, con certeza o plenitud todo el tiempo.
La Kabbalah explica que nuestro ser puro y perfeccionado ya existe; solo está cubierto por estas cáscaras invisibles, lo que produce un efecto similar al de una cortina colocada sobre una lámpara.
La Luz está siempre allí, brillando, pero no podemos verla porque está cubierta. ¡Todo lo que tenemos que hacer es quitar esas cortinas y podremos ver, y sentir, la Luz! Sin embargo, mientras estas cáscaras nos cubran, no podremos obtener el nivel de conciencia espiritual que vinimos a alcanzar en este mundo.
Rav Berg dijo: “Nuestro propósito aquí es recuperar algo que perdimos, regresar a una parte de nosotros que una vez tuvimos sin saberlo…”. Debido a que la chispa del Creador ya se encuentra dentro de nosotros, solo necesitamos eliminar las klipot para recuperar esa parte verdadera y perfeccionada de nosotros mismos.
Dentro de cada una de nuestras klipot —las cuales pueden manifestarse como enfermedad, tristeza o incertidumbre, por ejemplo— se encuentra una bendición. Por ende, nuestro trabajo es romper la cáscara para revelar la Luz que está esperando por nosotros. Pero ¿cómo rompemos esa cáscara? ¿Qué podemos hacer para sentirnos más felices, tener más certeza, sentir más plenitud y que estamos más cerca de la Luz? ¿Cómo quitamos los velos que cubren nuestro ser verdadero y perfeccionado?
Los kabbalistas enseñan que hay varias formas:
La conciencia
Rav Áshlag, el fundador del Centro de Kabbalah, dice que la conciencia es, por mucho, el elemento más importante para eliminar las klipot. Él dice: “Prueba y ve que Dios es bueno”.
Todo lo físico en este mundo tiene chispas del Creador en su interior; así que, Rav Áshlag se refiere a que en todo lo que estemos haciendo, aunque sea comer un bocado de comida, deberíamos saber que es la chispa interna de la Luz del Creador lo que hace que sepa o se sienta bien. Por lo tanto, tener esta conciencia de que la Luz del Creador está dentro de todo lo que existe en este mundo, incluso dentro de nuestra lucha personal, es lo que de hecho nos ayuda a eliminar la cáscara que ocasiona el dolor.
El gran kabbalista Rav Yitsjak Luria, el Arí, explica que uno de los principales propósitos de estudiar la Torá y otros textos de la Kabbalah, incluyendo Kitvéi HaArí (Los Escritos del Arí) no es solo para el aprendizaje intelectual, sino para recibir la Luz que el acto de estudiar atrae; esta Luz, dice él, puede de hecho eliminar las klipot que evitan que la Luz venga a nosotros.
El Zóhar, texto principal de la Kabbalah, fue revelado a Rav Shimón bar Yojái hace más de dos mil años, aunque su sabiduría había pasado de generación a generación hasta ese momento. El texto del Zóhar no solo revela secretos increíbles, sino que además sus palabras están infundidas con el poder purificador para romper nuestras klipot. Por esta razón, conectar con el Zóhar —ya sea mediante el estudio, la lectura, el recorrido visual de sus letras, o tan solo tener uno— es una forma muy poderosa para eliminar nuestras klipot.
Compartir, y las acciones desinteresadas
Debido a que las klipot son creadas mediante nuestras acciones y deseos egoístas, podemos romperlas al transformar esas acciones y deseos por acciones y deseos desinteresados, en donde nuestro Deseo de Recibir cambie a Deseo de Recibir para Compartir con otras personas y no solo como una ganancia para nosotros. Llamamos a esto El dar transformador. Cuando queremos algo solo por la razón de poder compartirlo con otras personas, y actuamos según ese deseo, eliminamos capas de klipot que cubren nuestra alma.
Atravesar la incomodidad
A pesar de que resulte incómodo atravesar el dolor, la incertidumbre, la tristeza o cualquier otro sentimiento de negatividad, hacerlo nos permite alcanzar el otro lado y ver la bendición que estaba oculta dentro de la situación. Atravesar la situación rompe las klipot y, por lo tanto, recibimos la bendición y nos acercamos a la Luz.
SABIDURÍA MÁS PROFUNDA
El Arí enseña, como lo explica el Zóhar, que el Creador permite que las klipot existan en este mundo para que tengamos verdadera libertad de decisión de ser libres. Porque, si no fuera por las klipot, no existiría la posibilidad de eliminar lo que en la Kabbalah se conoce como Pan de la Vergüenza, lo que sentimos al recibir algo que no nos hemos ganado. Y al eliminar nuestro Pan de la Vergüenza, alcanzamos plenitud absoluta.
Por ello, Rav Berg explica que el Creador se retiró a propósito para permitirnos actuar libremente con base en nuestro deseo de eliminar nuestro Pan de la Vergüenza, y fue esta separación lo que permitió la entrada de las klipot. De no ser por las klipot, no tendríamos que escoger entre el egoísta Deseo de Recibir para Sí Mismo y el Deseo de Recibir para Compartir, porque estaríamos siempre en un estado de compartir, como la Luz del Creador. La Luz que fue revelada en el primer día de la Creación contenía plenitud infinita, pero aprendemos que el Creador la escondió para que pudiéramos eliminar nuestras klipot y transformarnos mediante el proceso de redescubrirla… y, dice Michael Berg “cuando la redescubrimos expresamos la chispa divina en nuestra alma, y en ese momento, logramos el propósito de nuestra vida”.
En el interior de las klipot hay luz escondida muy poderosa cuando uno es capaz de romper la cáscara.
Por otro lado, hemos de considerar las klipot que son consecuencia de la rotura de las vasijas.
¿Y cómo logramos romper una klipá?
Necesitamos para ello hacer restricción sobre el vicio (otra traducción de klipá), de modo que comenzamos poco a poco reduciendo su incidencia, así si quieres dejar de fumar comienza a disminuir paulatinamente el número de cigarrillos que consumes al día, hazlo poco a poco, hasta que logres reducirlo a cero o bien espacia el tiempo entre cigarrillos o retrasa cada día un poco la hora en la que comienzas a fumar. Este es sólo un ejemplo, aplícalo a cualquier cáscara que quieras romper. Comienza por los vicios más leves para luego avanzar hacia los más fuertes. Al quebrar la cáscara del interior de esta emergerá la luz oculta que se revelará, despertándote un poco más y elevando tu consciencia.

La prueba de Sócrates

 




CUANDO VENGAN CON CHISMES, PONGAMOS EN PRÁCTICA LA PRUEBA DE SÓCRATES.
En la antigua Grecia Sócrates tenía una gran reputación de sabiduría. Un día vino alguien a encontrarse con el gran filósofo, y le dijo:
– ¿Sabes lo que acabo de oír sobre tu amigo?
– Un momento –respondió Sócrates– antes que me lo cuentes, me gustaría hacerte una prueba la de los tres tamices.
– ¿Los tres tamices?
– Sí -continuó Sócrates– antes de contar cualquier cosa sobre los otros, es bueno tomar el tiempo de filtrar lo que se quiere decir. Lo llamo prueba de los tres tamices. El primer tamiz es la verdad. ¿Has comprobado si lo que me vas a decir es verdad?
– No, sólo lo escuché.
– Muy bien. Así que no sabes si es verdad. Continuamos con el segundo tamiz, el de la bondad. Lo que quieres decirme sobre mi amigo, ¿es algo bueno?
– ¡Ah, no! Por el contrario.
– Entonces -cuestionó Sócrates– quieres contarme cosas malas acerca de él y ni siquiera estás seguro que sean verdaderas. Tal vez aún puedes pasar la prueba del tercer tamiz, el de la utilidad. ¿Es útil que yo sepa lo que me vas a decir de este amigo?
– No.
– Entonces -concluyó Sócrates– lo que ibas a contarme no es ni cierto, ni bueno, ni útil; ¿por qué querías decírmelo?
"Mejoremos para bien nuestra vida individual y la sociedad cambiará también."